Si ayer terminaba el día hablando de la misión de Sonoma, hoy empiezo por la razón principal de su creación: la aparición de Fort Ross, un asentamiento ruso que servía de abastecimiento para la población de Alaska (que en 1812 era aún rusa). Porque, como ya vimos en el viaje anterior, es complicado cosechar en esa zona. Además ya sabían de la existencia de focas y nutrias en las costas californianas y, gracias a la colaboración con tribus de nativos americanos, consiguieron un próspero comercio de pieles y grasa animal.
En tierras californianas aquello se veía como una amenaza en potencia así que la misión San Francisco Solano era importante para la defensa de la zona. Aunque poco duró el susto para los recién independizados mexicanos porque las cosechas rusas no lograban producir lo suficiente a largo plazo y la población de nutrias mermó de manera estrepitosa, así que los rusos en 1841 decidieron vender el fuerte a un empresario local y se marcharon para no volver. Eso sí, dejaron su huella personal bien palpable en los edificios que aún se pueden visitar en el fuerte. Eso que se ve en la foto es la iglesia que, aunque no tenía un sacerdote viviendo permanentemente allí, parece que de vez en cuando llegaba uno al fuerte y oficiaba diferentes ceremonias.
El centro de visitantes es pequeñito pero tiene un museo donde cuenta esto (y más) con todo lujo de detalles con fotos, paneles explicativos y objetos curiosos, incluso un kayak original!. Ofrecen además un mapa para que hagas un recorrido autoguiado por el asentamiento, tanto dentro de la empalizada como en la pequeña explanada donde vivían los nativos que colaboraban con los rusos. Y también se puede bajar a la zona del cementerio, junto a la pequeña ensenada donde los barcos solían estar fondeados. Hoy está todo muy limpio y se ve el fondo del mar perfectamente, pero no me quiero ni imaginar cómo sería esto lleno de gente, mercancías, navíos y la suciedad propia de la época. Sí, disfrutemos mejor de estas idílicas vistas despejadas.
Después de comer hemos pillado el coche un buen rato por la carretera de la costa. Al que le guste conducir tiene asegurado un chute de diversión continua con curvas cerradísimas, cambios de rasante, y una línea continua eterna que hace imposible adelantar (aunque aquí la gente cumple bien los avisos de apartarse al arcén si tienes varios coches detrás). Y todo esto culmina en Mendocino, un pequeño pueblo que se hizo famoso en los años 70 y 80 porque servía de localización de películas pero que logró un merecidísimo puesto en nuestra nostalgia colectiva al convertirse en el ficticio Cabot Cove de la serie “Se ha escrito un crimen”. Estar delante de la casa de Jessica Fletcher (que hoy es un pequeño hotel) es recordar al instante las primeras notas de piano de la música inicial de la serie.
Y aunque Mendocino no tiene puerto, su vecino Fort Bragg prestó el suyo para continuar con las localizaciones necesarias de Cabot Cove. Junto al rio Noyo, mucha gente come a diario un pescado fresco a buen precio. Nosotros no íbamos a ser menos y allí hemos cenado fish and chips, clam chowder y tiras de almejas, mientras un par de nutrias y algunos leones marinos socializaban y se divertían al otro lado de la bahía.
Ahora toca dormir, que ya se va haciendo tarde.
Buenas noches!





No tenía ni idea de los rusos en California !
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